“CAMPEON DE CAMPEONES”
La cancha del Pabellón de Solteros estaba en un estado impecable. El césped, perfecto. El marco, digno de una final: lienzos, barras, colores y pasión. Frente a frente, el campeón del Apertura Deportivo Grupo de Aviación N°9 y el campeón del Clausura Deportivo Albatros. El título en juego: la Copa de Campeones, en el gran clásico de la FACH. La consigna era clara: debíamos comenzar ganando. La segunda serie tenía la obligación de dar el primer golpe. Nuestros seniors habían sido el talón de Aquiles durante toda la temporada. Aunque tenían buen fútbol, la edad ya pesaba. En cambio, el Grupo 9 llegaba con sus viejos cracks, tricampeones y cargados de favoritismo. Todo indicaba que la definición estaría en la primera serie, y hacia allá apuntábamos. Por eso, el primer partido había que ganarlo como fuera. El ambiente era espectacular. Desde el primer minuto se peleó cada pelota, cada segundo, cada metro cuadrado de la cancha. Clásico puro: roces, choques, dientes apretados y máxima concentración. Ellos lo sabían: si nos ganaban de entrada, los seniors podían sellar todo sin necesidad de un tercer partido. En uno de tantos roces, falta a favor de Albatros a unos 35 metros del arco. Posición ideal para un zurdo. La pelota la toma Jarita, la zurda de oro. Todos pensamos que venía un centro al segundo palo, pero algo en su carrera me llamó la atención. De inmediato pensé: “Este le va a pegar al arco desde ahí”. Se me vino a la mente la semana de entrenamientos, donde ese zurdo probaba y probaba desde todas las posiciones. Como en cámara lenta, vi cómo le pegó con fuerza, comba y malicia. La pelota se clavó en un ángulo, dejando sin opción al Cata Cárdenas, un muy buen arquero de la promoción Falcón. Era el primero. Se gritó con el alma. Nos fuimos al descanso. El profe Peter Sánchez fue claro: concentración total y cerrar el partido lo antes posible. Nuestra serie venía de menos de siete días de coronarse campeona tras un agónico gol ante la Escuela de Aviación (pero esa es otra gran historia). Había que hacer valer ese galardón. En el segundo tiempo, la tensión continuó. Ellos salieron con todo durante los primeros quince minutos. Veía a Santos extenuado, pero “aperrando” como siempre. Poblete, como buen capitán, lo animaba y sacaba un gol desde la línea. Dos minutos después, Cavieres salvaba otro en el área chica. El empate parecía inminente. Jugaban como si fueran quince. La defensa resistió 18 minutos eternos. En uno de tantos despejes, logro peinar una pelota en el aire. Núñez, que ya había corrido todo, sale disparado por la banda y es derribado casi en la línea de fondo con una patada brutal. Roja directa. Quedaba un mini córner. Otra vez para un zurdo. De nuevo, Jarita. Esta vez sí pensamos que venía el centro, porque no tenía ángulo para pegarle al arco. El árbitro da la orden, todos fuimos al juego aéreo… pero eso no ocurrió. La pelota pasó por sobre la barrera y se metió en el primer palo, con el arquero prácticamente dentro del arco, intentando manotearla. Gol de Albatros.
Con uno menos, ellos se fueron con todo al descuento y dejaron espacios. En una contra, después de correrlo todo, meter y recibir golpes, logro aportar con el tercero. Antes, eso sí, dejé mal al pobre Cata al caer sobre él y partirme la canilla al llegar segundos antes para desviar el balón que liquidaba cualquier intento de remontada. Ganábamos con oficio y garra. La tarea estaba cumplida. Jugadores exhaustos: Guerrero, Olave, Santos, Cavieres, Oliva, entre otros. Nuestros seniors entraban a la cancha a buscar el milagro frente a una escuadra mucho más joven y veloz. Ducha rápida y a apoyar a la primera. Se escucha un “GOOOL”: Albatros ganaba 1–0. El partido terminó 5–1. Fue goleada, pero sufrida. Llegaba el último partido del año. Fotos, lienzos y humo verde y blanco. Todo se definía ahí. El calor superaba los 30 grados. El roce fue el doble, la intensidad asfixiante. Patadas, palos en ambas áreas y buen fútbol. No apto para cardíacos. Una roja en contra nos dejó con diez. Luego, una doble amarilla absurda: quedamos con nueve y aún faltaban más de treinta minutos. El peor escenario. En un cambio que nadie entendía, el profe Juan Reyes me manda a la cancha: —“Quiero que aguantes y pivotees para el Jano Muñoz. Métete con los centrales”. El equipo se reordenó. Los ánimos estaban al límite. Era clásico, con rivalidad histórica. De tanto roce, llegaron más expulsiones: una para cada lado. Quedamos 10 contra 8. Los últimos minutos fueron de infarto. En una contra, la pelota se va al córner. No quedaban más de ocho minutos. De nuevo, un zurdo al balón detenido. Fuimos los más robustos al área, entre ellos el capitán de primera serie, el “Pelado” Lucero, un stopper de barrio, rudo y bravo, de Chada, de esos vikingos que no se achican nunca. Jarita lanzó al segundo palo y apareció esa cabeza pelada con un cabezazo brutal. Gol. Se gritó con el alma. El profe apuró la reanudación. Tocó aguantar con dientes apretados. Cuando ya se celebraba, Poblete, otra vez, sacó un gol desde la línea. Despeje largo, el árbitro miró el reloj y levantó las manos. Final del partido. Fue una jornada épica. De esas que no se olvidan. De esas que quedan grabadas para toda la vida. El día en que Albatros fue CAMPEÓN DE CAMPEONES.